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LA ESCRITURA DEL NO


  

PONERSE AL DÍA CON LOS CEMENTERIOS

 

 JULIA CARÚ

 

 

 

 

 

Los jóvenes de nuestra época hemos perdido una costumbre muy arraigada en otras generaciones: la visita al cementerio. Una vez fui en compañía de mi madre. No era el Día de Todos los Santos, fecha señalada en que todos van a visitar a sus difuntos, sino dos días antes. Porque al igual que en una boda, el traje, los invitados, las flores y las gambas se organizan con antelación a la ceremonia, en el día de los muertos se han de realizar previamente los preparativos de la lápida. El ritual es el siguiente:

 

Llegamos al cementerio, antes de las seis, hora de cierre, porque los muertos no necesitan luz. En la entrada, una veintena de puestos de flores, que hacen el agosto en esta semana. Da lo mismo cual sea la flor preferida de un difunto en vida, al morir todos deberán conformarse con las mismas: primero, los crisantemos o, como llaman a esta flor con aspecto de pompón: “moña”. Esta planta nació en China donde, al iniciar su existencia en unas condiciones climáticas tan duras, se la conoció como flor de la esperanza, de la longevidad y de la vida. Y en occidente, siempre a la contra, se decidió transformarla en la flor de la muerte. Para aquellos menos pomposos están las margaritas, crisantemos más sencillos, que dejan a un lado los prejuicios de la muerte al recordarnos lo maravilloso que es matar flores despojándolas de sus pétalos en señal, eso sí, de puro enamoramiento. También están los nardos, esas flores esbeltas, blancas lorquianas, cuyo olor ahuyenta a los malos espíritus y a todo el que se atreva a robar moñas de la lápida.  Y para los que van contra todo: los claveles. Ya no hay más, quien quiera otro tipo de flores puede acudir al puesto más grande del mercadillo floral: el de plástico. Allí podrán encontrar flores inmortales para los muertos. Y de colores y formas que ni la misma naturaleza supo crear, o será al revés, el caso es que tendremos que dejarnos unos diez euros en unos cuantos ramilletes para que nuestro paseo por el cementerio demuestre, ramo protuberante en mano, cuanto queremos a nuestros difuntos, aunque alguno en vida fuese tan alérgico que más que honrarlo parecemos estar diciéndole: “toma, para que no se te ocurra volver a salir”.

 

El cementerio de Córdoba tiene una curiosa característica que da lugar al chiste fácil, su nombre: Cementerio de Nuestra Señora de la Salud. Esto se debe al aljibe milagroso y a la figura de la Virgen que se encontraron dos vecinos del Alcázar Viejo (comúnmente denominado “La casa er viejo”) allá por el siglo XVII, donde los enfermos iban a beber y sanar. Está visto que el agua no sería potable, seguramente les resultó más fácil enterrar allí a tanto muerto por gastroenteritis en vez de trasladarlos, fundando así nuestro actual cementerio.

 

Mi madre, otras cien personas y yo entramos y, tras la puerta, dos ordenadores: las páginas amarillas del inframundo. Sólo tienes que introducir nombre, apellidos y fecha de defunción y te dirán el nombre de la calle, la fila y el número de lápida donde habita el muerto, con un mapa detallado. Si no, siempre se le puede preguntar al enterrador: “al llegar a la calle de los fallecidos en mil novecientos, crúcela y dará a la plaza de los muertos por la patria, tire dirección a los panteones, todo recto llega a la calle principal, al final de ésta encontrará el bosque de las cenizas y al lado las cunas, si tuerce a la derecha, junto al decimonoveno ciprés, allí está el callejón que busca”.

 

El ciprés, al igual que el crisantemo, se ha adueñado de los cementerios. Al ser un árbol que siempre se mantiene verde, se le ha llamado árbol de la vida, también al igual que esta flor. Las ganas que tienen con tanto símbolo vital de llenar la ciudad de muertos vivientes. Además de la inmortalidad, se dice que su copa alta apuntando al cielo ayuda a la elevación de las almas y, para los más incrédulos, el griego Teofrasto decía que cuando un ciprés se cortaba nunca volverían a salir nuevos brotes de sus raíces, de ahí su relación con la muerte. También podía ser símbolo de hospitalidad, aunque los habitantes de este lugar no se levanten ni para ponerle a las visitas una cervecita y unas tapas. Aún así, algunos deciden tomarse la hospitalidad por su cuenta, y preparan el día de los difuntos toda una merendola alrededor de la lápida. Son los gitanos. Si normalmente se recibe una media de dos visitantes por tumba, ellos serán diez o veinte. Con cirios de igual altura que los cipreses y enormes ramos de flores de plástico, a cada cual de color más chillón. A veces el tamaño del ramillete deja invisible el nombre del difunto y tapa las cuatro lápidas de alrededor.

 

Este día, el de los preparativos, se puede ver a todo el mundo con trapos en una mano y agua jabonosa en la otra. Se trata de dejar reluciente el mármol negro de la lápida, vaciar las flores ya marchitas y llenas de polvo y poner unas nuevas. Alguno colocaba la A de Alfonso que se había desprendido, a otro se le calló un nueve. Lo más curioso: los alquileres de escaleras y pintura blanca. Igual que en feria hay varios hombres vendiendo turrón por las calles, aquí hay varios hombres con escalera al hombro y lata de pintura en la mano, diciendo a todo portador de un ramo si quiere pintura o escalera: “Las tengo baratitas señora, por un euro más hasta se la sujeto mientras sube”. Las señoras se arremeten las faldas.

 

Por si alguien tuvo alguna duda, la pintura se utiliza para blanquear los bordes de la lápida. Aquí lo bueno es que si pintan los cuatro de alrededor, ya no tendrás que alquilarla. La escalera se necesita según la suerte. La suerte de que cuando se muera tu pariente, el nicho vacío que toque esté situado en la zona de abajo. Si no, es preferible, posponer unos días el entierro para ver si corre el turno y pasa a la siguiente fila.

 

Si alguien no desea que le vean las enaguas, también el cementerio tiene su servicio de alquiler de escaleras, eso sí no incluyen porteador ni sujetador. Este servicio es exactamente igual que los carritos de los supermercados: una fila de escaleras enganchadas con una cadena, metes un euro, las sacas, y si quieres recuperar tu euro vuelves a llevarla a su sitito y le metes el pivotito.          

 

Hoy se visten de gala hasta los contenedores de basura, miles de ellos por todo el cementerio, llenos exclusivamente de flores antiguas y tallos cortados de las nuevas. Por las calles hay pétalos y en las fuentes, alguna que otra margarita. Las lápidas quedan todas relucientes, las calles deslumbran. Tanto afán en poner llamativas las tumbas que al final sólo llaman la atención las exentas de cuidador. Unas lápidas viejas, alguna de ellas de piedra, tan resquebrajadas que parece que el difunto quiso salir de allí a puñetazos. Otras en el suelo empiezan a mezclarse con la arena subterránea.

 

Respecto a las insignias, parece ser que al comprar las lápidas, éstas vienen ya con la frase pegada o esculpida, dejando los huecos para los datos personales: fulanito tal y cual, fallecido el día tal, del año tal, tus tal y tu cual no te olvidan. Otros le añaden detalles. Aquellos cuyos parientes no sepan resumir parecerán sus tumbas contratos basura, todas llenas de letra pequeña, para que quepa bien la biografía. También podemos encontrar otras más originales, como una en la que podía leerse el principio de un poema de Juan Ramón Jiménez: “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando…”, debajo el nombre del fallecido y ya está, ni esposa ni hijos… aunque más de uno dirá: “mira que lástima de hombre, no tenía familia ni seres queridos” serán los que nunca leyeron ese poema.

 

En algunas lápidas hay escritos varios nombres. Al principio me imaginé varios cadáveres, unos encima de otros, porque en ese hueco no caben de otra manera. Pero por lo visto al pasar un número de años, en que tu pariente sea puro hueso y ceniza, se puede sacar el ataúd, limpiarlo y meter los restos en una cajita para enterrar a otro pariente con ella. En una lápida había ocho nombres. No quiero ni pensar las virguerías que habrán tenido que hacer para encajar al pariente número ocho entre siete cofrecillos. Estos son los panteones de los pobres.

    

Pero sin duda lo mejor de las lápidas son los toldos. Hay familias que deciden ponerle uno pequeño a la lápida, los venden como artilugio funerario, los hay lisos, de rallas, de plástico, de tela, con manivela corta o larga, etc. y su función es que no le de el sol a la cabeza (o los pies) del difunto. Bueno, también para hacer sombra a las flores de plástico y no se les vaya el color. Así hay que venir menos veces: esa es la función de los toldos y de las flores de plástico. También para que la lluvia no oxide las letras: que se oxide el hombre, pero nunca el nombre. 

 

El cementerio es inmenso y aún así tienen que realizar ampliaciones y poner más calles. Los ataúdes van enterrándose por orden de fallecimiento. A veces, en las calles antiguas hay algún nicho vacío y todos los que por allí pasan lo miran con espantada curiosidad. No se puede estar paseando como si nada entre miles de muertos y asustarse por un hueco en la pared, que además es el único sitio libre de muertos.                            

 

El día de todos los santos, uno de noviembre, todo el mundo acude al cementerio, las calles colindantes se llenan de puestos de flores y las cafeterías, de churros con chocolate. La mayoría de las tumbas están ya arregladas de otro día, pero aún queda algún rezagado con el cubo de agua y los trapos. Desde la entrada pueden escucharse las voces de los “escalereros” gritando: ¡escalera y pintura! Una de ellas, cansada del peso de la escalera y las latas, había encontrado asiento en un ataúd. En medio del recinto, en una de las plazas, un cura haciendo pruebas de sonido para dar misa.

 

El chirrío de las escaleras y de las ruedecillas de los contenedores, charlas de familiares recién encontrados, el abrir y cerrar de los grifos con el agua a presión, los “escalereros”, el micrófono del cura… aquello más que un cementerio parecía una verbena.

 

Y entre tanto alboroto, tres ateos rezando un padre nuestro a la lápida de su madre, extrañas costumbres.

 

 

 

                                                                  

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